10 mayo 2007

100 Balas: Estética para una Ética


Desde que los antiguos griegos propugnaron que lo bello estaba en intrínseca consonancia con lo bueno, han sido frecuentes las reflexiones acerca de la interrelación entre la Ética y la Estética. Pero no es nuestra intención abordarla aquí desde las concepciones más académicas de estas dos disciplinas. Estamos hablando de balas y de muerte. De mugre y corrupción. Y mantendremos los pies en el suelo, fijándonos en cómo aquello que entendemos comúnmente por Ética y Estética se articulan en 100 Balas para retratar las dos caras de la Serie Negra.



En nuestro charlar diario entendemos estética como aspecto. Como imagen. Como superficie. También equiparamos ética con moral, refiriéndonos a ella para señalar el conjunto de valores que manifiesta un individuo, un colectivo o una creación. En ocasiones, una determinada estética expresa la adscripción a una moral concreta. Pero cada vez más la post-modernidad nos vacía de cualquier contenido, dejándonos tan solo con "caretos" que lucir. Algo así ha pasado también con la Serie Negra a lo largo de los años. Forjado por escritores como Dashiell Hammett, Raymond Chandler y James M. Cain en el difícil paso de los años veinte a los treinta, este género literario gustó de reflejar la sordidez en la que vivía inmersa buena parte de la población norteamericana. En aquellas obras la marginación de numerosos sectores, la injusticia social rampante y la hipocresía de todos se erigían en el verdadero fermento del crimen, al cual sólo cabía enfrentarse con dureza y haciendo gala de una capacidad para la sordidez semejante. El cine de la época supo adaptar fielmente el espíritu de aquellas obras y aumentar su repercusión. Pero con el cine, claro, llegó la imagen. Y con la imagen, la estética. Hasta que con el paso del tiempo, sometidas al férreo control de las productoras, las películas empezaron a ser cada vez menos "negras". Hoy por hoy el género se ha diluido en las imprecisas vastedades del thriller. Y de la dureza y sordidez iniciales tan solo queda ya la pose.



Aclarado esto, fijémonos ahora en cómo el apartado gráfico de 100 Balas ejemplifica esta evolución del género en lo que al cine estadounidense se refiere. Esta pérdida progresiva de contenidos éticos en pro de una estética vacía. Y lo ejemplifica en el trayecto que va desde la modernidad a la post-modernidad. Desde el Sur hasta el Norte. Desde Eduardo Risso a Dave Johnson.

El grafismo de Johnson, encargado de ilustrar las portadas de cada uno de los cómics, es siempre bello. Las composiciones son perfectas. Sus personajes, glamurosos. Casi actores de Hollywood posando para la promoción de su próxima película. Pretenden ser duros pero su actitud se queda en chulesca porque, adivinamos, nunca han sufrido. Por eso, si alguna mancha emborrona sus ropas, si alguna sangre resbala por la comisura de sus labios, será simplemente maquillaje y atrezzo. Johnson, ilustrador privilegiado nacido en el paraíso del capitalismo, en el seno de una de las principales industrias editoriales del mundo en lo que concierne a la historieta, materializa en 100 Balas la estética del thriller contemporáneo. Vehículo narrativo diseñado para transmitir emoción, escalofrío y frenesí a fuerza de golpes de efecto, mucho porte y un ingenio gracioso falto de cualquier rastro de denuncia. Johnson, la cara atractiva, postmoderna y seductora de este cómic-trampa. Porque dentro... dentro las cosas son distintas. Dentro nos aguarda Eduardo Risso para poner auténtico rostro al contenido ético que Azzarello desea comunicar.



Risso, venido de una Argentina demasiado habituada al yugo militar. De una industria editorial paupérrima que centrifugó a buena parte de sus talentos, verdaderos maestros del cómic mundial. Risso, dotado admirador de Alberto Breccia y José Muñoz, responsable gráfico este último de uno de los cómics "negros" más rojos que existen, Alack Sinner. Por eso, en los dibujos de Risso ya no hay actores. Hay personas. Cuyo sudor se prende testarudamente a sus ropas. De dentaduras imperfectas y descaradas. Hombres. Algunos moviéndose con estilo y otros que nunca lo tuvieron. Como en la vida real. Y es que eso es lo que hace la Serie Negra, mirar insolentemente hacia los suburbios de esta vida nuestra... tal cual lo hacen Azzarello y Risso.



Toni Boix



Fuente: www.planetadeagostinicomics.com/