03 mayo 2010

El caso Macdonald por Rodrigo Fresan


Si hay un nombre en la novela negra que merece estar junto a los de Raymond Chandler y Dashiell Hammett, es el de Ross Macdonald. Con ese pseudónimo, Kenneth Millar creo la saga de Lew Archer, un detective que sumó complejidad y espesor psicológico a sus predecesores y que, desde las calles de la ficticia Santa Teresa, capturó a los amantes del género y sedujo sin concesiones a los círculos intelectuales. El expediente Archer, de la colección Roja y Negra, recopila por primera vez sus cuentos completos.

Por Rodrigo Fresán

UNO “Estaba sentado en el Hollywood Hawaiian Hotel / mirando mi taza de café vacía / pensando en que la gitana no había mentido / todos los margaritas con sal de Los Angeles / yo me los voy a beber / y si California se desliza hacia el océano / como los místicos y las estadísticas aseguran que sucederá / yo predigo que este motel se mantendrá en pie / hasta que yo pague mi cuenta”, canta Warren Zevon en su gloriosa “Desesperados Under the Eaves”.

La idea y la imagen y el sentimiento son ciento por ciento Zevon, no en vano considerado el maestro del llamado californian noir en lo que a escribir canciones se refiere.

Y el sentimiento y la imagen y la idea son, también, ciento por ciento Ross Macdonald, maestro del californian noir a secas y creador del inolvidable detective privado Lew Archer.

Y nada se pierde y todo se relaciona: Warren Zevon (fallecido en 2003) inspiró el personaje de Lew Ashby en la segunda temporada de la serie de televisión Californication. Y el Lew de Ashby es un sentido homenaje y guiño cómplice y palmada amistosa al muy conocido hecho de que Zevon fue, hasta el final, un fan de Ross Macdonald y de su detective Lew Archer. Y, también de que Zevon supo ser vecino de Macdonald, quien, una noche tan terrible como absurda, lo salvó de suicidarse. (1)

Y la escena –la situación– podría salir de o entrar en cualquier caso de Archer. A saber: un joven metido en demasiados problemas a finales de los años ‘60 y a principios de los ‘70 y, de pronto, el maduro y solitario investigador que llega no para ponerlo todo en orden (porque eso es imposible) pero, al menos, para intentar que el desorden no sea mayor y aumente el número de bajas bajo el altísimo sol, junto al mar, mientras los desesperados buscan refugio bajo los aleros, y el tiempo pasa, y falta cada vez menos para que California se deslice hacia el océano.

Pero no aún.

DOS Ross Macdonald –en una conversación con Warren Zevon, intentando sacarlo del agujero negro en el que el songwriter había caído o se había arrojado de cabeza– insistió en que “se sentía culpable” por todo lo que había conseguido escribiendo y añadió que “los escritores estamos demasiado bien pagados”. Entonces, año 1979, Macdonald era huésped habitual de las listas de best sellers y –desde la publicación de La mirada del adiós, diez años atrás– (2) uno de los pocos autores de thrillers que había conseguido críticas admiradas en la primera página del suplemento de libros de The New York Times (3) o en la portada de Newsweek, así como la admiración de colegas y el respeto de narradores “literarios” como Reynold Price y Elizabeth Bowen y Osvaldo Soriano y Thomas Berger, de Iris Murdoch y Donald Barthelme y Joyce Carol Oates y Haruki Murakami y John Fowles y pensadores como Marshall McLuhan. (4)

En algún momento del diálogo, con Macdonald y Zevon caminando por el jardín de su casa, salió el nombre de Francis Scott Fitzgerald (5) y el músico suspiró: “No sé, yo leí sobre Fitzgerald bebiendo gin y me imaginé que, si bebías gin, tal vez podrías escribir como Fitzgerald [...] y ahora estoy preocupado porque la escritura dejó de ser algo divertido”.

Macdonald se detuvo y miró fijo a Zevon y le dijo: “¿Divertido? ¿Divertido?”

Y no hizo falta que agregara nada más.

Y, sí, no puede decirse que Ross Macdonald (nacido como Kenneth Millar en Los Gatos, California en 1913 y fallecido en Santa Barbara, California, en 1983) haya tenido una vida “divertida”, pero sí que tuvo una vida interesante. (6)

Macdonald creció y se educó dentro de una familia disfuncional en Ontario, Canadá. Macdonald fue lo que se entiende como “un niño problemático”: debutó sexualmente a los ocho años (tuvo también, parece, su momento de experiencias homosexuales) y ya era un borracho curtido y un hábil ladrón y peleador callejero a los doce. (7) Al poco tiempo, su padre se marchó sin dar explicaciones (la figura del “desaparecido” o la “desvanecida” que deja atrás las ruinas humeantes de un hogar es una constante en los casos de Archer) (8) y el muchacho pasó de vivir con su madre a recibir la obligada y no siempre alegre hospitalidad de varios familiares hasta su ingreso en la Michigan University (donde descolló con una exquisita tesis sobre Coleridge) coincidiendo con la venta de sus primeros relatos a revistas de pulp fiction. Macdonald se casó con Margaret Sturm en 1938, (9), con quien protagonizó un matrimonio bastante infernal, aseguró intentar suicidarse más de una vez “vía defenestración” y tuvo una hija complicada, la fugitiva Linda, quien murió muy joven y de un “accidente cerebral” luego de accidentes automovilísticos y fugas varias a Las Vegas y problemas con las drogas (sombra dolorosa que se reflejaría, una y otra vez, en el cosmos archeriano, donde siempre acechan los peligros del hippie kick y los abismos insalvables de las diferencias de edades y de eras.) (10) Y Macdonald –un hombre parco y melancólico, pero muy generoso con todos los que se le acercaban– terminó sus días, golpeado por los vientos del Alzheimer, como enamorado platónico de la gran Eudora Welty, fan confesa de sus libros, quien reseñó El hombre enterrado (1971) y comprendió, perceptivamente, que “sus historias se caracterizan por la ausencia del amor” y su método pasa por “simplemente y sin máscaras, encontrar los puntos de contacto e iluminar el modo en que unos y otros se relacionan; reconocer lo que significan y, por lo tanto, comprender”.

El problema o la virtud de Archer es que resulta fácil contratarlo. Lo difícil es despedirlo o, mejor dicho, que se dé por despedido.

Archer funciona así como un revulsivo, como un detonante, como una gran ola californiana.

Y, de pronto, todos tiemblan.

Y temblamos nosotros leyéndolos temblar.

TRES Pensar en Ross Macdonald como en el tercer hombre. El blanco móvil que sigue a las siluetas de Dashiell Hammett y Raymond Chandler.

Del primero, Macdonald rescata cierta sequedad a la hora de mirar y el apellido de su detective (11), que coincide con el del socio de Sam Spade asesinado en las primeras páginas de El halcón maltés. (12)

Del segundo, Macdonald explora (de una manera mucho más profunda y casi arqueo-antropológica) el paisaje californiano, así como la sensibilidad de cierta comedy of manners y esa imposibilidad de no involucrarse afectivamente del investigador con los investigados que nos dice hola en El largo adiós. (13)

¿Y cuál es la novedad que aporta Macdonald? ¿De qué manera hace evolucionar al homo noir y lo convierte en un ser más inteligente y más sensible? ¿Cuál fue la estrategia utilizada por aquel que dijo querer “escribir lo mejor que pudiera sobre los problemas de la vida y la muerte en nuestra sociedad; y el molde de Wilkie Collins y Graham Greene y Dashiell Hammett y Raymond Chandler parecía ofrecerme toda la soga necesaria para mi cometido”?

Fácil de precisar pero muy difícil de llevar a cabo: lo que inaugura y enciende Archer –dejando de lado los one-liners a quemarropa y los símiles ingeniosos de Hammett & Chandler– es una formidable potencia psicológica y una muy particular velocidad. En sus historias, todo sucede muy rápido y con mucha precisión. Así, Archer es un detective con modales de psicoanalista/ médium y ojos de rayos X –”la mente de la novela que actúa como catalizador de conciencias ajenas”, diagnosticó Macdonald– a quien, sí, le preocupa el “quién lo hizo” y el “por qué lo hizo” pero, además y por encima de todo, el “por qué no pudo dejar de hacerlo”. La respuesta a esto último –en el mundo según Macdonald– está y viene siempre, desde un pasado de aguas turbulentas o estancadas pero jamás potables. La mecánica de las novelas de Macdonald siempre ejecuta los mismos movimientos: alguien contrata a Macdonald para que destape las cañerías del presente y, claro, apenas Archer entra en acción (y en reflexión) comienza a salir a flote toda la mierda del ayer y se comprende que las faltas de los padres son el combustible que mueve a los delitos de los hijos. “Las palizas morales que te dan tus hijos son las más duras de soportar y las más difíciles de evitar”, entrecierra los ojos Archer en La mirada del adiós. “La mayoría de los autores de policiales escribe sobre crímenes. Ross Macdonald escribe, en cambio, sobre el pecado”, sintetizó a la perfección un crítico de The Atlantic. De esta manera –y muy especialmente durante los libros publicados en los años sesenta y principios de los setenta– los casos de Archer son, también, problemas generacionales y maldiciones degeneracionales, heridas que nunca cicatrizan y que supuran, apenas escondidas, infectadas e infectando, bajo la sombra de vendajes flojos.

De a poco y con cuidado, Macdonald fue modelando al detective moderno, puede señalarse El caso Galton (1959) (14) como el sitio en que se libera de influencias y se convierte en su propio hombre y así –mientras todo intento de emular a Marlowe o a Spade o al Continental Op– resulta irremediablemente en pastiche u homenaje, la influencia de Archer en los que vinieron después es mucho más poderosa y, también, más sutil.

De ahí que –como se verá más abajo– son muchos los escritores contemporáneos que se arrodillan para venerar a Hammett y Chandler.

A Macdonald, en cambio, lo abrazan.

Fuerte.

Hasta exprimirlo amorosamente.

Lo que no alcanza a explicar el porqué –en los últimos tiempos– de la desaparición de Macdonald en las librerías de idioma español. Hubo un tiempo en que Macdonald estuvo en todas partes y en varios sellos simultáneamente –recuerdo haberlo seguido en Emecé, en Bruguera, en aquella colección de Alianza–, pero de pronto pareció esfumarse. (15)

Un ensayo de Leonard Cassutto –”The Last Testament of Ross Macdonald”– apunta un novedoso punto de vista para contemplar y entender este eclipse más o menos total (16). Allí, Cassutto advierte que lo que le interesaba a Macdonald eran los “niños perdidos” y que sus preocupaciones difícilmente resultan atractivas en un paisaje plagado de asesinos en serie donde el monstruo es un fenómeno aislado imposible de ser redimido y, en el mejor de los casos, apenas “comprendido” por un agente especial y especializado, entrenado en Quantico y con muy serios problemas propios.

Buena parte de los thrillers de éxito de la actualidad son en blanco y negro y rojo. Las novelas de Archer, en cambio, son en gris y rojo y, al respecto, Macdonald ensayó una suerte de credo ético y estético en el pequeño libro On Crime Writing (1973): “Los escritores de policiales a menudo son interrogados acerca de por qué malgastamos nuestro talento en un género tan convencional. Una respuesta posible es que el asunto es mucho menos convencional de lo que parece a primera vista y que este supuesto convencionalismo es la herramienta imaginativa que le permite, tanto al detective ficticio como al autor real, revelar los secretos de esa comunidad que ambos habitan.

Así, el territorio de Archer/Macdonald es el de las psicopatologías de los clanes y no el de los psicópatas individuales. Y a no olvidar nunca aquel dictado sobre las familias infelices que abre Anna Karenina de Tolstoi. Si todas las familias infelices lo son, siempre, de maneras muy diferentes, entonces no resulta muy arriesgado afirmar que el detective de Macdonald conoce a casi todas esas infinitas variantes de la infelicidad.

“Todos somos culpables”, concluye, Lew Archer en El martillo azul, su último caso. Y cabe preguntarse si a muchos de los lectores de hoy –perdidos en intrigas bíblicas o en estepas nórdicas– les interesa ser conscientes de ello, de la paradoja de que las novelas de Macdonald sean tanto más humanas que las del Hannibal Lecter de turno y, al mismo tiempo, tanto más crueles. (17)

CUATRO Y así hablaron quienes lo admiraron y lo siguen admirando.

Sue Grafton (quien reclamó para sus novelas “alfabéticas” Santa Teresa, nombre con el que Macdonald rebautizó Santa Barbara): “Ross Macdonald se sentía intrigado por las ficciones detectivescas. Tomando las riendas de Dashiell Hammett y Raymond Chandler, él montó el formato con gracia y confianza. Pero mientras Hammett y Chandler escribieron apenas un puñado de novelas (Hammet, cinco; Chandler, siete) los dieciocho títulos protagonizados por Lew Archer fueron publicados a lo largo de casi tres décadas, permitiéndole a su autor un marco temporal y un aliento narrativo en los que ir refinando y perfeccionando sus habilidades y dones. Con tiempo, Macdonald no sólo fue incorporando a sus tramas la creciente madurez de su manera de ver las cosas sino, también, les fue añadiendo una creciente melancolía y una madurez ganada a los golpes. (18) Más poético que Hammett, menos cínico que Chandler, lo que Ross Macdonald demostró fue que la novela hard-boiled con detective privado ya no tenía por qué conformarse con ser el dominio exclusivo del investigador chupa-whisky, de los puños volando, de las pistolas disparando y de la rubia de curvas vertiginosas sentada en un borde del escritorio. Gracias a Macdonald conocimos una California que jamás supimos que existía y supimos que un policial podía ser algo tan preciso y apasionado como un soneto sin que esto significara olvidar o negar que su esencia pasa, siempre, por el crimen y la muerte violenta”.

P. D. James: “Entre los norteamericanos, yo me quedo con la escuela dura. Ross Macdonald, en particular, me parece maravilloso”.

Lawrence Block: “Tal vez pocos se atrevan a admitir esto. O tal vez sólo me suceda a mí. Pero lo bueno de una novela de Macdonald es que uno vive en ella mientras la lee y comienza a olvidar sus detalles apenas la ha terminado. Lo que me permite (a diferencia de lo que sucede con muchos policiales) leer y disfrutarlas y admirarlas una y otra y otra vez”. (19)

George Pelecanos: “Ok. De acuerdo: puede afirmarse que todas las novelas de Archer son muy parecidas en cuanto a tema y argumento y lo que en realidad vale e importa es la belleza de su prosa y su formidable capacidad de observación. Lo cierto es que Macdonald escribió el mismo libro una y otra vez. Pero era un gran libro”. (20)

Ray Bradbury: “En sus novelas, las mujeres golpeadas huyen de demasiados hombres que hicieron todas las cosas malas, mientras esos mismos hombres huyen de sí mismos sin estar del todo seguros de qué hicieron o por qué lo hicieron o cómo hicieron tan mal las cosas. Las razones secretas, de encontrarse, deben ser enterradas. Siempre. Y si salen a la superficie hay que acribillarlas a balazos y volver a enterrarlas bajo las piedras o meterlas dentro de una botella. El asesinato en Macdonald es la última bocanada de indignación o desesperación. Y el peor crimen de todos es aquel que jamás se descubre o recibe castigo. Lean sus libros y experimenten ustedes mismos el genio de uno de nuestros más grandes escritores”.

John Connolly: “El escalofrío es una de las más perfectamente armadas novelas en todo el canon policíaco. El tipo de libro que te deja con la boca abierta cuando alcanzas las últimas páginas. Macdonald siempre ha padecido un poco (o mucho) la idea de que trabajó a la sombra de Chandler. Pero la verdad, y a riesgo de sonar herético y blasfemo, yo pienso que Macdonald fue un novelista muy superior a Chandler”.

Julian Symons: “No tiene sentido alguno comparar a Macdonald con Hammett y Chandler. El logro de Macdonald es suyo y nada más que suyo y es algo único en la historia del policial moderno”.

Michael Connelly: “Ross Macdonald fue, simplemente, uno de los mejores. En lo que a mí se refiere, me influyó tanto como Chandler. Contribuyó a construir la California sureña que hoy resulta tan atractiva a tantos escritores. Y tenía una manera tan concisa de escribir, de ir directo al grano en el comentario sociológico, en el delinear de las impurezas del alma y del corazón, en el modo en que exponía los modales con los que las familias se autodestruyen... Llegué tarde a Macdonald. Lo primero que leí fue El martillo azul y, por supuesto, fui muy feliz al comprender que tenía todos esos libros anteriores con Lew Archer para leer. Y los leí. Eran los días en que me propuse vivir de la escritura y los libros de Macdonald me demostraron que las novelas policiales podían alcanzar la categoría de arte. Todavía recuerdo lo que sentí al leer las primeras páginas de El martillo azul. El modo en que Macdonald describía cómo un cuerpo de mujer se había mantenido firme con los años gracias al tenis y al odio. Leí eso y supe que había encontrado algo importante. Supe que había llegado a casa”.

Robert B. Parker: “No se conformó con enseñarnos a escribir; hizo algo más: nos enseñó a leer, a pensar sobre nuestras existencias y tal vez, a vivir. Con su oficio y su integridad, Macdonald hizo de la ficción detectivesca el vehículo para llegar a lo más alto y lo más profundo y trascendente. Y no es que otros no lo hayan intentado, es que él lo consiguió”.

William Goldman (quien adaptó El blanco móvil para el cine, en 1966 y con Paul Newman, con el título de Harper) (21). “El autor de la mejor serie de novelas detectivescas jamás firmadas por un norteamericano”.

Richard North Patterson: “Antes que nada, Macdonald es el más grande escritor norteamericano de policiales. De acuerdo, Hammett revolucionó el género y Chandler le dio estilo y clase. Pero fue Macdonald quien trajo a la novela policial las cualidades de la gran novela: entramado magistral, un perfecto sentido del tiempo y del espacio, implacable conocimiento de la psicología humana y una perfecta fusión entre argumento y personaje”.

James Ellroy (quien dedicó una de las novelas de su Trilogía Lloyd Hopkins “a la memoria de Kenneth Millar”): “Ross Macdonald siempre ha sido muy importante para mí. Es, en lo emocional, mi gran maestro. Amo las novelas de Lew Archer. Leí a Macdonald en los parques donde dormía, a la luz de una linterna”.

En la hora de su muerte, Macdonald fue celebrado tanto en las páginas de Rolling Stone como en las de Pravda, The Wall Street Journal la consideró noticia de primera plana y The Washington Post le dedicó la página editorial. Allí se leyó: “El peso de sus historias no pasaba por la muerte sino por las consecuencias de la muerte revelando historias e intenciones. La variedad del delito que a él le interesaba era la traición a la confianza. Entre maridos y esposas. Entre padres e hijos. Entre médicos y pacientes. De ahí que Macdonald sea un escritor universal”.

CINCO El expediente Archer –verdadera labour of love a cargo de Tom Nolan quien aporta el indispensable y muy inspirado profile de Archer con el que se abre este volumen– funciona como festín para seguidores y completistas (por primera vez en español se incluyen aquí todos los relatos y nouvelles de Archer sumándoles notas y fragmentos dispersos) y como perfecta puerta de entrada para los que se suben a su automóvil por primera vez. El expediente Archer brinda, también, la oportunidad de seguir al héroe de Ross Macdonald en los cien metros lisos y no en carreras de fondo, saliéndose a menudo de la pista y de la respiración de sus novelas.

Es otro Archer que no deja de ser Archer.

Bienvenidos a Los Angeles y alrededores, patria de diablos exhibicionistas y demonios internos.

Ya saben: tragedias griegas junto a las piscinas, la Divina comedia con descapotables recorriendo a toda velocidad el infernal círculo de autopistas calientes, cuentos de hadas (o de brujas) bajo las palmeras donde aúllan los coyotes de Mulholland Drive, armarios con demasiados esqueletos bronceados, soap operas sin perfume ni anestesia y William Shakespeare entrando a un sitio llamado Koper Coffee Pot y –esto es verdad, opción favorita de Warren Zevon, que alguna vez figuró en su menú y tal vez todavía siga allí y sentándose en una mesa con vistas a la nada y pidiéndose para desayunar un Lew Archer Special.

Mientras tanto, ahí afuera, a la espera del gran terremoto –”No hay nada malo en Southern California que una subida en el nivel del océano no pueda curar”, leemos en La piscina de los ahogados– todos continúan preguntándose aquello de ser o no ser y piensan si lo mejor no será llamar a un detective privado llamado Lew Archer para resolver una cuestión tan íntima.

Y –dinero es lo que sobra– lo contratan.

Y por supuesto –después, casi enseguida, para gran regocijo nuestro– se arrepienten de haberlo llamado.

Mucho.

Pero ya es demasiado tarde para archivar el caso sin resolverlo antes.

Afuera, California se mueve.

Pero más se mueve Archer.

Archer no para de moverse.

Archer es un terremoto en sí mismo.

Y –lo aseguran los místicos y las estadísticas y sus muchos admiradores, entre los que me cuento– yo predigo que Archer se mantendrá en pie, hasta que se haga justicia o se dejen de hacer injusticias. Sin importarle demasiado el que le paguen o no la factura. Seguro de que, por lo general, el cliente rara vez tiene razón y de que todos –absolutamente todos– somos culpables.


http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-3824-2010-05-03.html