08 junio 2009

El último de Constantinopla



Petros Márkaris sitúa su novela ‘Muerte en Estambul’ entre la minúscula comunidad griega que resiste en su ciudad natal
«Ni Turquía ni Grecia son mi patria», sostiene


Unos pocos habitantes de Estambul, apenas 2.000, no le dan este nombre a su ciudad, ni siquiera el de Constantinopla, o Bizancio. «Para los griegos nacidos allí –lo explica uno de ellos, el escritor de novela negra Petros Márkaris– es simplemente la poli. En griego, la ciudad. La única». Márkaris regresa a su ciudad –y con él lleva al lector– en Muerte en Estambul (Tusquets), la última novela protagonizada por su comisario Kostas Jaritos. En plenas vacaciones, Jaritos debe perseguir el fantasma de una ancianita envenenadora que pasa cuentas con quienes se comportaron bien o mal durante las persecuciones contra los griegos de la ciudad en 1942 y 1955, que acabaron con la huida de la milenaria comunidad helena de 150.000 personas.

Esta vez, el misterio que debe resolver Jaritos es mucho más que un caso policial. En la Atenas donde vive desde 1965, en el restaurante Thalatta, donde sirven platos cocinados como en su poli, Márkaris (Estambul, 1937) reconoce que ha tardado tanto a escribir el libro porque sus sentimientos eran demasiado intensos. ¿Nostalgia? Sí. «Para mí la noción de patria como nación no existe. Nunca he considerado a Turquía como mi patria. Grecia tampoco lo es. Mi única patria es Constantinopla. No tengo un país de origen sino una ciudad de origen».Recordando la ciudad de su infancia, surge una expresión que no necesita traducción. Kosmopolitiki poli. «Era una ciudad muy abierta, muy cosmopolita. Camino de casa, desde el Liceo Austriaco donde estudiaba, escuchaba seis idiomas: griego, turco, armenio, sefardí, italiano y francés. También en la isla de Chalki, en el Bósforo, donde crecí, todos los niños estaban juntos: griegos, turcos, judíos. Pero todas esas comunidades vivían una al lado de la otra, sin mezclarse».

Hoy, en ese mismo trayecto hasta la plaza Taksim solo escucha hablar en turco. A veces, a los turistas, en inglés. Si le llegan algunas palabras en griego se gira, porque casi seguro que es un conocido.¿Pero no se empobreció también Grecia expulsando a sus minorías turcas? Márkaris asiente. «Todos los Balcanes están enfermos de nacionalismo. Es más, este proceso de homogeneización se ha producido en todos los estados nacionales. La diferencia radical con Turquía es que intentó imponerlo de manera violenta». Que se lo expliquen a los armenios. «Para los turcos las minorías eran una molestia. Cualquier minoría. Los kurdos lo están sufriendo todavía», añade. Pero que nadie espere un discurso revanchista. Viejo militante comunista, en su novela Márkaris reserva este papel a un general griego jubilado. Él prefiere tener un pie en cada lado del Cuerno de Oro. Porque el pogromo antigriego de 1955 fue una reacción al intento de Grecia de anexionarse Chipre. «Nos vimos atrapados entre dos fuegos. Todos los griegos de Constantinopla piensan que Grecia los traicionó», lamenta.

Su viejecita, María, homenaje a la cocinera póntica que crió a Márkaris y sus hermanos, reparte tiropitas con puerro, queso y raticida. Él pasa cuentas más sibilinamente. En la novela, si alguien se parece al autor es el comisario turco Murad, formado en Alemania (como él), comprensivo con las minorías, moderno pero casado con una islamista con velo. Es «un guiño a la convivencia», admite. Y también que le piden más Murad y que ya sabe qué hará con él pero que no se lo ha explicado ni a su hija. Huele a nueva serie. Acabará siendo más progre su comisario turco que Jaritos un Antonio Alcántara heleno.Más guiños turcófilos: dedica el libro a un amigo apedillado Pamuk. No es familia del Nobel, pero es igual. Le reconoce a Orhan Pamuk «que lamenta en sus libros que la multiculturalidad de Turquía fuera destruida, y siente la magia de la ciudad». ¿Entonces, no es utópico lograr la convivencia multicultural?

«No, pero es difícil. Cuesta que una mayoría acepte a las minorías», responde.

Hoy, los viejos istambulís se sienten tan minoría como los griegos locales, «que se consideran los herederos de Bizancio», mientras que los griegos continentales «buscan sus orígenes en la Grecia clásica y consideran Bizancio un paréntesis extraño».

–¿Son ustedes los últimos bizantinos? ¿Turcos y griegos de la poli?

–Es verdad. Es que vivimos juntos muchos siglos.


Ernest Alós
Texto y Foto