04 junio 2009

Domingo Villar, literatura de fermentación lenta


Con su segunda novela, “La playa de los ahogados” (Siruela), llamada a ocupar puestos preferentes en las librerías después del éxito de su debut con “Ojos de agua”, Domingo Villar habló en el Congreso de las claves de su literatura, de los ingredientes que tiene que tener una novela negra tal y cómo él la concibe, y también de algunas de las paradojas en las que vive instalado el escritor: vivir como un ermitaño para, en muy pocos momentos pero muy intensos, tener una explosión de presencia pública para promocionar su obra. Villar dio un dato revelador sobre su manera de escribir: el manuscrito final de su primera novela tenía 180 páginas. Sin embargo, haciendo uso de la función de seguimiento de cambios, todo lo que escribió para llegar a la versión final acumulada nada menos que 2200 páginas. Depuración, tranquilidad, reescritura, búsqueda del ritmo y la musicalidad son algunas de las claves que pueden encontrarse en su obra.En este sentido, podría equipararse su obra al proceso de creación del vino y su “fermentación lenta”, un tema que le apasiona y que comparte con el protagonista de sus novelas, Leo Caldas. No es el único momento en que Villar parte de lo que conoce, de la realidad, para escribir. “El escritor debe tener abiertos los ojos y los oídos más que la boca. Parto de la realidad, y la ficción sostiene el timón y marca la ruta”. Sin embargo, en la novela negra se da una paradoja: “El lector no admitiría cómo se resuelven los casos en la realidad, una huella, un testigo… la verdad acaba siendo un poco gris, por eso nos vemos obligados a inventar”. Villar señala que la verosimilitud en el arranque de una obra es importante, junto a la sencillez argumental, algo que no se debe confundir con simpleza: “Hay que tener clara la idea de la trama, en la que siempre me interesan más los porqués que los quién. Y nunca hay que engañar”. Comparte con Italo Calvino que el entretenimiento es algo que se le debe dar al lector como contrapartida por el tiempo que dedica a leerte.
Una de sus preocupaciones es también encontrar el tono de la narración, la voz, el sustrato que sirve de base y que genera un ambiente y hace de verdad a los personajes, un tono en el que él busca calidez. “La figura del detective es la que hace crecer la narración. Al principio valían los superhéroes. Ahora tiene que ser un hombre, alguien humano”. Esa narración se cuida rítmicamente, pasando de momentos reposados en los que el lector puede ir contemplando el paisaje a otros rápidos donde predomina la acción.
Todas estas claves pueden encontrarse en sus novelas. Y todas se resumen en ese trabajo con el que Domingo Villar afronta cada obra, una laboriosidad que es inherente al escritor: “Lo difícil es ir al sustantivo, sugerir, ser concreto, eso es lo que me gusta y me conmueve como lector. No creo en los éxtasis creativos, la literatura permite tener una mirada distante, dar un paso a un lado y tener una visión lenta. El trabajo son dudas y vacilaciones constantes, correcciones, vueltas, ideas que vienen despacio y necesitan tiempo para asentarse”.