Mostrando entradas con la etiqueta Reseñas Jesús Lens. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reseñas Jesús Lens. Mostrar todas las entradas

21 mayo 2014

Primeros títulos de la colección Nube Negra




La colección Nube Negra, dirigida por el escritor y periodista Jesús Lens, especialista en literatura policíaca, arranca con títulos de autores tan señalados como Justo Vasco, Guillermo Orsi y, próximamente, Juan Ramón Biedma, Amir Valle, Lorenzo Lunar o Rebeca Murga. 

En Nube Negra tendrán cabida reediciones de títulos antiguos de conocidos autores, de forma que puedan ser disfrutados por lectores de todo el mundo, a precios accesibles para todos los bolsillos, así como novedades y novelas y cuentos inéditos. 

Los dos siguientes títulos de la colección Nube Negra que publicará la editorial Palabaristas son El árbol del Vaticano, la más reciente novela del argentino Guillermo Orsi, lanzamiento mundial y la reedición de El efecto Transilvania, del sevillano Juan Ramón Biedma.

Y para empezar te puedes descargar este libro:






Mirando Espero de Justo Vasco


Más información: http://www.granadablogs.com/pateandoelmundo/coleccion-nube-negra/

17 enero 2008

Grupo Antiatracos de Mariano Sánchez Soler


“Grupo Antiatracos” es el título en que Mariano Sánchez Soler nos presenta, por primera vez reunidas, las tres historias protagonizadas por dos de sus personajes de cabecera; los policías Galeote y Pulido.
En la primera de ellas, “Carne fresca”, nos cuenta una espeluznante historia de trata de blancas y prostitución de menores que, en algunos momentos, llega a poner los pelos de punta. Por su parte, “La sonrisa del muerto”, nos habla de corrupción policial y, por fin, “Festín de tiburones” es una crónica que, con nombres y apellidos de lo más conocido y reconocible, nos hablan de la España del pelotazo, la gomina, el convoluto, el tráfico de influencias y las grandes fortunas por sorpresa.
Por tanto, “Grupo Antiatracos” es un fresco de la España post-transición, en la que varias y distintas dialécticas argumentaban entre sí, representadas por Mariano Sánchez Soler en sus dos personajes. Uno, Pulido, es un madero a la vieja usanza, acostumbrado al patadón y tentetieso, al sopapo en la boca del sospechoso, al puterío de más baja estofa y al gratis total. Galeote, por su parte, es uno de esos jóvenes idealistas, demócratas, comprometidos con la causa de la Justicia, con mayúsculas.
Y, claro, chocan los temperamentos, chocan las opiniones, chocan los métodos. Chocan las personas. Y, como pasa en las historias de Ellroy, aunque personalmente de odien y hasta se denuncien, ambos personajes están condenados a entenderse, a trabajar juntos y, finalmente, a llevarse bien: - “Nos llamamos Pulido y Galeote. Somos capaces de todo” – llegan a proclamar al final de la tercera novela. Y no es gratuito traer memoria de Ellroy ya que Mariano Sánchez Soler es el escritor español que más se le acerca, tanto por los temas que trata en sus novelas como por los complejos personajes que construye – ese impagable Seisdedos que co protagoniza “Carne fresca” – y, sobre todo, por la autenticidad que imprime a todas sus narraciones.
Decía el también novelista negro Lorenzo Silva que hoy en día es intolerable que un escritor no cuente bien un juicio en España, ya que son abiertos al público y lo único que tiene que hacer el narrador es dejarse caer por una Audiencia, prestar atención y tomar notas. Mariano es de los que escribe en un castellano más puro, desde el punto de vista documental . En “Grupo antiatracos” refleja con extraordinaria precisión desde atestados policiales a actas notariales y judiciales, dotando de enorme realismo a los diálogos de los personajes.
Y, sin embargo, referencia a Ellroy incluida, la literatura de Mariano es 100% española, como se acredita con las numerosas referencias taurinas y quijotescas que utiliza en su escritura y que, me imagino, deben constituir toda una pesadilla para los traductores a otros idiomas.
Otro punto fuerte de estas novelas, perceptible sobre todo en “Festín de tiburones”, radica en la forma de contarnos las dos Españas que tiene Mariano. Ya hablamos de la constante dialéctica entre Pulido, de la vieja escuela fascista, y Galeote, demócrata hasta las cachas: “Quería ser útil, desempeñar un trabajo positivo; imponer la profesionalidad en aquel corral de chulos con pistola... él no había desertado del arado ni procedía del submundo urbano; lo suyo era vocacional. Le deslumbraba la investigación.”
¿Qué hace el autor para pintar y matizar la juventud y el empuje de Galeote? Pues, como no puede ser de otra manera, describir sus gustos musicales.
Si somos lo que leemos y se nos puede conocer por lo que comemos, la música que escuchamos habitualmente, la banda sonora de nuestra vida puede describirnos tan bien como un análisis de ADN. Y Galeote, por supuesto, es un enamorado del jazz que, residiendo en Madrid, va con su pareja al Café Central, un paraíso para los fumadores pasivos, tal y como lo describía Cristina, donde “un saxo tenor decía un viejo tema de Lester Young, Back to the land, con escarceos frees inaudibles a la manera de un Ornette Coleman pasado por la trituradora de carne.”
Y no es extrañar ya que a nadie le cabe duda, a estas alturas de la novela, de que el jazz es la banda sonora de la libertad suprema.


Por Jesús Lens


10 diciembre 2007

Bangkok Tattoo de John Burdett


Sonchai Jitplecheepes es un inspector singular, que pertenece a la policía tailandesa, que es budista y cuya madre regenta un prostíbulo en connivencia con Sonchai y con el jefe de éste, un mafioso tan corrupto como sólo los grandes capos de la policía o el ejército pueden llegar a ser.


“Bangkok tattoo” es una novela hipermoderna y global, muy influenciada por la histeria post 11-S en la que el asesinato aparentemente pasional de un agente pirado de la CIA pone en marcha una cadena de acontecimientos de lo más disparatado y, sin embargo, perfectamente plausibles. Porque, desgraciadamente, despejar la ecuación básica de la geopolítica mundial de este arranque de siglo parece bien sencillo: americano muerto en país con presencia musulmana = atentado terrorista, como puso de manifiesto la estupenda película “Babel”, por ejemplo.

Pero las cosas, tanto en la vida real como en la literaria, por fortuna, no son tan sencillas. La aparición del cadáver del analista yanqui, mutilado, parece que es un movimiento más en una enorme partida de ajedrez, que se ha cobrado la vida de un peón más. O, quizá, de un caballo adicto al opio y al sexo. Porque Tailandia tiene que ser un paraíso para los adictos a casi cualquier sustancia estupefaciente, se chute por vía nasal, intravenosa, táctil o incluso rectal y precisamente el mejor logro de John Burdett es el saber cómo transmitir esa fascinante insania que emana de los bajos fondos del país asiático.

De los jubilados americanos que toman esa pastillita para portarse como auténticos cowboys en los prostíbulos a esos exiliados de sí mismos que viven en una especie de limbo narcótico, pasando por las putas de generoso corazón y activo bajo vientre, tan furioso como experto; con un importante protagonismo, por supuesto, de esas fuerzas del (des)orden que tan bien saben jugar con dos barajas.

“Bangkok tattoo” es una lectura tan fascinante como adictiva. Uno de esos libros que no te facilitan conciliar el sueño y que te invitan a volver a sumergirte en sus páginas a la menor oportunidad. Y cargado de filosofía, que conste: “¿En serio piensan que nos haremos ricos convirtiéndonos en algo tan estéril como Occidente? Yo he estado en París, Florida, Munich, Londres y esos lugares son museos poblados por fantasmas”.

Una novela preclara y de anticipación: “Nueve de cada diez veces ya sabes quién (ha cometido el delito), de modo que desarrollas las pruebas en este sentido; es una de esas eficientes técnicas asiáticas que tendréis que adoptar cuando la competición global se vaya poniendo reñida; no podéis tolerar que vuestras fuerzas de la ley cacen a menos delincuentes por policía que nosotros, ¿verdad?, sobre todo ahora que os habéis deshecho del imperio de la ley en todos los casos en que resultaba inconveniente ¿no es así?”

Una novela con toques de humor político tan ácido como acertado: “¿Qué importa como murió? Estamos tratando con el teatro, no con la realidad. Los farang dejaron la realidad cuando inventaron la democracia, luego añadieron la televisión. Lo que importa es lo que le decimos al mundo. Si lo manejamos bien todos viviremos felices para siempre. Si lo manejamos mal...”


Bangkok Tattoo
John Burdett



Por Jesús Lens




21 noviembre 2007

Las Cosas de la Muerte de Empar Fernández y Pablo Bonell


Se hace extraño, tumbarse en cama, y leer en las páginas de un libro sobre los escenarios por los que has estado transitando como turista, desde una óptica lúgubre-criminal. Porque en “Las cosas de la muerte”, tan importante como la trama y la investigación, es el ambiente en el que se mueven los personajes. De hecho, son dos ambientes distintos, dado que son dos los casos que Escalona ha de investigar.

Uno, de medio pelo, un suicidio que quizá no fue tal y por el que su jefe le urge para que dé carpetazo, lo que le permitiría centrarse en la investigación estrella de la comisaría: la muerte de un conocido representante de la Barcelona de toda la vida que, a fin de cuentas, no era sino un calavera, putero y drogadicto con pasta, aficionado a la compra de antigüedades de dudosa procedencia.

Paso a paso y poco a poco, utilizando los métodos policiales más tradicionales, a la vieja usanza, tirando de paciencia, meticulosidad, saber escuchar y lógica aplastante, Escalona desbrozará dos historias en las que el rencor juega un papel determinante. A los amantes de los finales con retruécano, tan sorprendentes como imposibles, les podrá saber a poco la tranquila y lógica resolución de los dos casos de Escalona, que Bonell y Fernández son fieles representantes de una escuela “naturalista” del noir, tan sencilla como apegada a la realidad de las cosas.

Un naturalismo que se basa en diálogos razonables, cariño por el detalle y una descripción justa y apegada a la realidad. Un naturalismo que apela a unas relaciones difíciles, pero no estrambóticas, a jefes molestos, calores incómodos y tortillas recalentadas, sin salmonelosis o sesos derretidos que llevan a la gente a cometer locuras.

“Las cosas de la muerte”, por suerte o por desgracia, son ésas que acaecen en la casa de al lado, en la acera de enfrente. Justo ahí, delante de todos. Y Bonell y Fernández así lo han contado en una novela tan sencilla como modélica.



Por Jesús Lens




05 noviembre 2007

Una mina llamada infierno de Alejandro M. Gallo


En lunfa, el lenguaje popular bonaerense por antonomasia, “mina” significa chica, mujer joven. Por eso, la primera vez que escuché hablar de “Una mina llamada infierno” pensé que se trataría de la historia de una tanguista de vida desgraciada dotada del dudoso don de llevar a los hombres a la perdición.

Sin embargo, nada más ver la portada del libro de Alejandro Gallo te das cuenta de que no. De que la historia acontece en el mundo de las minas de verdad, de las minas de carbón y grisú en las que tantos y tantos hombres de han dejado la salud y la vida a lo largo de la historia.

Estamos en la cuenca minera leonesa, donde una serie de extraños asesinatos tiene sumida en la perplejidad a la Guardia Civil de Vega del Bierzo y, por supuesto, a sus vecinos ya que el asesino está matando, de forma sistemática, a los antiguos miembros de la conocida como “Cuadrilla del Picas”.

La policía manda hasta allí a un agente infiltrado, que habrá de introducirse en el pueblo e integrarse en la vida cotidiana de los vecinos. Y, para ello, nada mejor que entrar a trabajar en ese pozo, en esa mina a la que todos llaman Infierno.

A partir de este punto de partida, Alejandro Gallo utiliza los ojos del inspector Ramalho para introducir al lector en la vida cotidiana de Vega del Bierzo, donde conoceremos a sus entrañables vecinos, donde podremos jugar al dominó y pasear por la plaza del pueblo, saludando a la dueña del quiosco y charlando con su pequeña y adorable hija.

Las páginas que Gallo dedica a la llegada e integración de Ramalho en el pueblo, sus primeros días en la mina, las ampollas, el hambre y el cansancio; las correrías por los garitos de la comarca, etc. son absolutamente deslumbrantes. De las que te provocan ganas de pedirte un permiso en el trabajo, sacar el mapa de carreteras y marcharte para León durante una temporada.

De Ramalho puede decirse que es demasiado bueno, demasiado íntegro, demasiado comprometido. Y quizá lo sea. Pero nos gusta. Nos gusta cómo se involucra con las personas de su entorno, cómo enseña a leer a un ex niño soldado africano y cómo protege a la hija de la quiosquera. Me lo imagino como un joven Clint Eastwood, un pistolero, valiente y aguerrido, sin miedo a los malos.

La trama sobre los nuevos usureros y las financieras que prestan dinero con intereses abusivos también está muy bien lograda, arrojando un poco de luz sobre las mafias de los prestamistas y extorsionadores; y también están muy bien traídas las introducciones hechas por los periodistas que van siguiendo el rastro que dejó Ramalho por el Bierzo.

Estamos ante una novela escrita con pulso y con brío, que invita a no dejar la lectura, a embeberse de sus personajes y sus escenarios, a soñar con un mundo del que, como dice Ramalho en un momento de lucidez, sólo queda el eco romántico de los museos etnográficos... y de la buena literatura. Buena literatura en la que tenemos que incluir, por supuesto, esta “Una mina llamada infierno”.



Una mina llamada infierno
Alejandro M. Gallo
Laria 2005
278 Páginas