29 septiembre 2009

La escritora y el hijo de la Mafia


El mafioso Gregory Scarpa Jr. se pudre en una cárcel de alta seguridad tras haber sido traicionado por su padre, confidente del FBI. Desde allí contó sus secretos a la escritora Sandra Harmon, que ha acabado involucrada en la misma historia que escribió: vive intimidada por la Mafia y ex agentes federales.


A Greg Scarpa Sr. lo que le gustaba de verdad era colocar el cañón de su pistola tras la oreja de sus enemigos y descerrajarles un tiro en la nuca. Greg Scarpa Sr. era un mafioso: sociópata, violento y excesivo, manejaba negocios de chantaje, robo o tráfico de drogas en Nueva York. Greg Scarpa Sr. era, además, un hombre de familia: capaz de salir a cualquier hora intempestiva de casa para dar un escarmiento (probablemente desproporcionado) a algún adolescente que hubiera amedrentado a sus hijos. Greg Scarpa Sr. era un grandísimo amante… de su amante, Linda Schiro, con la que mantuvo una relación paralela a su matrimonio durante 30 años. Greg Scarpa Sr. era un informador del FBI: una rata infiltrada que durante tres decenios traicionó a los suyos compartiendo información con los agentes del Gobierno sin ser descubierto.

El libro Mafia son (publicado por Icon Books en Reino Unido) es la historia de la familia Scarpa, a la que Sandra Harmon tuvo acceso a través de una larga relación epistolar con el hijo encarcelado de Scarpa Sr., a quien su propio padre traicionó para salvar el pellejo. La escritora, que antes había publicado amables libros de autoayuda sobre relaciones personales y un libro biográfico sobre Elvis (coescrito con Priscilla Presley), entre otros, supo del caso en un programa de televisión y no dudó en escribir a la cárcel en la que se encuentra recluido Gregory Scarpa Jr. “Fue el trabajo más duro al que me he enfrentado”, dice Sandra Harmon, “me llevó cuatro años escribir el libro y aprender todo sobre la Mafia, el FBI, los Scarpa y sus contactos con la agencia federal, especialmente con el agente Lin DeVecchio”. Después de la publicación del libro y de participar en un juicio por corrupción a DeVecchio, vive intimidada por ambas facciones. Tiene que cubrir bien sus espaldas.

Todo comienza como cualquier otra historia de las que pueblan el imaginario colectivo, nutrido por la literatura y el cine de gánsteres (de hecho, algunas partes de Los Soprano están inspiradas en la familia Scarpa). Greg Scarpa Sr. es un joven italoamericano nacido en el sur de Brooklyn en 1928 que empieza a hacer sus pinitos en el mundo del hampa hasta convertirse en miembro de la Mafia, en la que es conocido a partes iguales por su buen humor, su buena suerte y su brutalidad. De su matrimonio con Connie Forrest, una chica más del barrio, nace su primer hijo, Gregory Scarpa Jr.

El joven Scarpa Jr. idolatra a su padre, aunque poco a poco, a fuerza de evidencias (ajustes de cuentas, peleas, artículos de prensa), descubre su pertenencia a la Mafia. Él le consuela: no es un criminal, sino un infiltrado del FBI. Un patriota, en el fondo, un hombre honrado, “un intocable, como Elliot Ness”. Precisamente en aquel tiempo, Scarpa Sr. comienza a intercambiar información con el agente Anthony Nino Villano, en un comercio muy lucrativo para ambos. Villano obtiene información privilegiada para medrar en su trabajo; a cambio, Scarpa recibe una virtual inmunidad: siempre sale milagrosamente absuelto de sus líos con la justicia. Las relaciones entre ambos se vician tanto que a veces se borra la línea entre el bien y el mal, y no se sabe quién es el mafioso y quién el agente.

Uno de los primeros éxitos de Scarpa en su relación con el FBI es en junio de 1964, cuando tres cooperantes antirracistas son asesinados por el Ku Klux Klan en Misisipi. Los cadáveres no aparecen y el caso conmociona al país. No hay problema: se le encarga a Greg Scarpa Sr., que se desplaza a la zona con su novia de 17 años, Linda Schiro. Una vez allí, Scarpa localiza a uno de los hombres del Klan y, usando sus refinados métodos (una brutal paliza que dura horas, una pistola en la boca, una cuchilla en los genitales), consigue la información. Los cadáveres aparecen y la noticia ocupa portadas de periódicos. Ahora Scarpa tiene licencia para matar. “Todo ha ido perfectamente, amorcito”, le dice Greg a Linda.
Parece que todo marcha bien: Greg Scarpa Sr. pasa su vida haciendo buenos negocios con libertad y éxito –algunas noches comparte mesa con Frank Sinatra–. Su mujer, Connie, acepta con resignación que Greg viva a caballo entre la casa conyugal y la de su amante, y a la sazón mujer de su vida, Linda Schiro. Mientras, su hijo Gregory crece asistiendo a reuniones del hampa, al tiempo que se va hundiendo lentamente en la empresa familiar. “Gregory fue una víctima de sus circunstancias”, dice Sandra Harmon, “su padre le engatusó haciéndole creer que era un infiltrado en la Mafia, un héroe, sobre todo después de los sucesos de Misisipi. Cuando supo la realidad ya estaba demasiado metido en el negocio”.
Pero el éxito no dura para siempre. En 1986, Greg Scarpa Sr. es ingresado por unas úlceras de estómago. Necesita una serie de transfusiones de sangre: en unas pocas horas se reúnen más de dos docenas de voluntarios de la banda para donar sangre. Después de seis semanas, a la salida del hospital y con un trozo menos de estómago, un esquelético Scarpa se entera de la muerte de su donante Paul Mele. Una pulmonía había acabado con él: su sistema inmunológico estaba debilitado por el sida. No mucho después, Greg Scarpa Sr. recibe una llamada: ha sido infectado de VIH en la transfusión.
El mafioso es ya sólo una sombra de sí mismo cuando, en 1987, una operación policial implica a los Scarpa en un negocio de tráfico de drogas. Prometiéndole que sólo se tratará de una condena de un par de años, le pide a su hijo que dé la cara como jefe del negocio. Scarpa Jr. acepta: él es joven y a su padre le quedan pocos años de vida. Finalmente, la condena resulta ser de 20 años, y más tarde se ve aumentada por otros cargos de chantaje y extorsión. Gregory había sido traicionado por su propio padre.
Scarpa Sr. fallece en 1994, cuando su hijo llevaba ya unos cuantos años a la sombra. Actualmente, Gregory sigue recluido en una prisión de seguridad supermax, denunciada por Amnistía Internacional por su dudosa humanidad. Allí los reclusos pasan 23 horas al día aislados en pequeñas celdas, con gran riesgo de perder definitivamente el juicio. Desde allí mantuvo una fiel correspondencia durante cinco años con Harmon. “Nunca me han permitido visitarle, sólo puede hacerlo la gente que le conocía antes de ser encarcelado y desde el otro lado de una barrera de plexiglás”, dice Harmon, que al menos ha podido hablar con Scarpa Jr. telefónicamente en tres ocasiones. “Gregory nunca ha superado el hecho de que su padre le traicionase. Incluso sabiendo que su padre asesinó a más de 50 personas, por diversión, beneficio o supervivencia, Gregory nunca imaginó que su padre podría hacerle algo así”.
La historia de Gregory Scarpa Jr. da un giro cuando en la celda contigua a la suya encierran a Ramzi Yousef, un kuwaití que espera juicio por el atentado en el World Trade Center de 1993. Así descubre, en las notas clandestinas que se pasan, los planes de bombardear las Torres Gemelas con “bombas masivas voladoras”. Los fiscales no dan por bueno el chivatazo: “En aquellos días previos al 11-S estaban más preocupados por acabar con la Mafia en Nueva York que por los terroristas”, dice Harmon.
El agente Lin DeVecchio es acusado en 2006 de haber facilitado la comisión de cuatro crímenes por la Mafia. La escritora, poseedora de información confidencial, testifica en el juicio, en el que DeVecchio es absuelto. Así, Harmon se ha visto involucrada en la misma historia que escribió. Recibe intimidaciones por ambos lados, de antiguos agentes del FBI y miembros de la Mafia: “Sería absurdo decir que no tengo miedo, pero trato de vivir sin pensar mucho en ello. No tenía ni idea de dónde me estaba metiendo cuando me vi en medio de un juicio a un agente muy respetado”.
“Recibo llamadas de gente que cuelga y ciertas facciones terroristas tienen acceso a mi teléfono y a mi dirección. Me dicen que me cubra las espaldas, aunque no sé muy bien cómo”, dice Harmon. Su caso recuerda al de Roberto Saviano. “Conozco a Saviano y lo admiro”, afirma, “pero yo no estoy aquí para combatir a la Mafia. Quería contar una historia de injusticia”. De hecho, cree que la condena de Scarpa Jr. debe reducirse en pago a sus esfuerzos para evitar los atentados que cambiaron el mundo.




SERGIO C. FANJUL

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